Pata de Perro Agosto de 2003

By alonsovera

Pata de Perro Agosto 2003

Un Poco de Verdad

Por Alonso Vera Cantú

 

Lo último que quiero al estar de viaje es sentirme en casa. No encuentro razón alguna para comer lo mismo, pensar lo mismo y mucho menos para tener el mismo tipo de experiencias, mientras me encuentro fuera. Los lugares que recuerdo con más cariño son aquellos que me han otorgado la posibilidad de maravillarme de la diversidad. La diversidad de razas, de creencias, de estímulos y de costumbres. En el mundo del turismo hay demasiadas verdades a medias. Detrás del “pueblo mágico de callejuelas empedradas”, que algunos nos pintan como el destino perfecto, hay ratas y cucarachas, pobreza, inseguridad y dolor, es más, algunos podrían decir que son las calles de un pueblo olvidado que esperan ser pavimentadas. Tampoco podemos afirmar que existe el “paraíso tropical”, ya que no conozco playa alguna en el mundo que no tenga al menos mosquitos, insectos que en definitiva no están dentro de mi imagen del edén. Tampoco sería sincero decir que todos los habitantes de aquí o allá son amigables y eternamente sonrientes. ¿Qué tiene de malo un poco, aunque sea un poquito de verdad? ¿Qué acaso ésta le resta atractivo a nuestros destinos? Para poder descubrir al mundo, y para poder manifestar al que reside en nosotros mismos, hay que ser sinceros, y eso es algo que no les puedo decir que lo aprendí en un lugar en específico, ya que no estoy seguro de entenderlo por completo. Pero en esta ocasión platicaremos de Malasia, un país que desborda diversidad, y en donde resulta armonioso un día común en calles que contienen hermosos templos budistas y taoístas, junto a iglesias, mezquitas y templos hinduistas, con sus respectivas “imperfecciones” claro está, pero que lo hacen “perfecto” a la vez. Un ejemplo dinámico de que es posible vivir en paz, siquiera con nuestros vecinos, mientras realizamos que todos somos iguales.

 

Turista nacional

A Malasia llegué en tren desde Tailandia, después de pasar una larga noche en un pueblo fronterizo sin nombre ni clímax. De Malasia había leído tantas historias de piratas y sultanes, de la pluma de Emilia Salgari, que esperaba al menos encontrarme con uno que otro. Después de quedarme dormido rememorando aquellas historias y perder el tren de madrugada, tomé el siguiente y posteriormente un camión hasta llegar a la isla de Penang, en el noroeste de Malasia Peninsular. De Penang se saben muchas cosas, pero sobre todo que es la segunda economía más grande del país, que es principalmente musulmana como el resto de Malasia y que fungió como un importante puerto, y aún lo hace, compitiendo por la hegemonía del estrecho que unía el comercio entre la India y China. Por lo anterior esta isla cuenta con un increíble acervo de culturas, y no hube más que caminar para encontrarme con todo tipo de eventos religiosos y culinarios. Una vez ahí me instalé en el barrio chino de la ciudad de Georgetown y, como me es costumbre, decidí perderme por entre sus calles, las cuales están adornadas con hermosas construcciones coloniales multicolor, y en las que se desplegaban puestos callejeros con todo tipo de delicias hindúes, chinas, árabes, europeas y hasta mexicanas, herencia de los mercantes y colonizadores, menos los tacos, que llegaron con algún turista nacional. 

 

Santa indigestión

Después de probar un poco de todo, incluyendo unos tradicionales fideos con mariscos, caminé un par de cuadras, hasta que llamó mi atención un templo budista chino, el más antiguo de la isla -construido en 1800-, en donde se llevaba a cabo una gran celebración. Frente a sus puertas y columnas decoradas con dragones rojos y dorados había diez enormes inciensos, de dos metros de alto, emitiendo un dulce aroma que se mezclaba con los cantos y rezos de los creyentes. Estos se postraban frente a la imponente imagen dorada de la diosa budista china de la compasión, Kuan Yin, en el centro del templo y bajo varios techos de tejas verdes, pidiendo por salud, longevidad y riqueza. Después de realizar unas ofrendas y recibir una generosa porción de comida de una sonriente viejita, caminé media cuadra más y me encontré con el pintoresco templo hindú Sri Mariamman, dedicado al dios Shiva el “destructor”, que desde mi punto de vista más que destructor es el “reciclador”. Dejé mis zapatos afuera y entré por entre una nube de incienso que acentuaba el misticismo para ser amablemente recibido con una nueva porción de saludos, arroz y curry. Una vez bienvenido me senté a intentar platicar, rezar y comer frente a las increíbles estatuas de los coloridos dioses hindúes, al tiempo que los sacerdotes prendían fuego en pebeteros de piedra y repartían cenizas, agua y polvos rojizos para bendecir y decorar las frentes de los creyentes. Tras despedirme y salir, ya con el estómago más que lleno y la frente marcada con vindis en el entrecejo, caminé otra cuadra siguiendo la media luna, hasta escuchar el llamado para el último rezo de día, desde lo alto de la torre principal de la mezquita Masjid Kapitan Keling. No pude evitar la curiosidad y seguí a los creyentes vestidos de blanco, barbas y sombrero, hasta las puertas del lugar. Tras observarlos lavar sus piernas y manos antes de entrar a rezar, como es costumbre, seguí un letrero que invitaba a los visitantes a instruirse en el Corán, y entré a un cuarto donde un curioso personaje miraba la televisión. Al observarme se acomodó el sombrero y tomó postura de creyente, hojeando un libro sagrado y haciendo cara de interesante. Después de expresarle mi interés por aprender de sus creencias dejó a un lado su libro y me recibió amablemente para platicar. Antes de sentarme ya tenía frente a mí un sin número de folletos y panfletos con títulos como: “¿Por qué me conviene el Islam?” y “Los privilegios de las mujeres”, y, por supuesto, una nueva dosis de alimentos y bebidas. Al verse reflejada mi ignorancia sobre el Islam mi anfitrión hubo de narrarme la vida, atributos y legado del profeta Mohamed, hasta sus últimos detalles y consecuencias. También, durante las siguientes tres horas, me platicó acerca de los pilares de su fe y las pruebas irrefutables de que se acerca el fin del mundo, uno de estos viernes por cierto. En lo personal los invito a acercarse a esta increíble religión -increíble como todas las demás- que actualmente sufre de tanto prejuicio y acoso, y que merece su respeto y comprensión. A fin de cuentas, y como dicen mis amigos, “cada loco con su tema”. Tras sentir un poco de presión para tomar inmediatamente los votos de su fe, decidí despedirme amablemente y recorrer el último tramo de calle antes de regresar a “casa”. Como era de esperarse al dar la vuelta en la esquina me encontré con una iglesia católica, herencia de los portugueses, entre enormes árboles disfrazados con orquídeas, y decidí entrar para terminar con la peregrinación. Dentro no encontré comida, ni historias o bebidas, simplemente un par de antiguas esculturas de santos y un hermoso altar sin ofrendas. Cansado e indigesto regresé a dormir, no sin antes contemplar atónito el cielo estrellado y la majestuosidad de la diversidad ideológica, con sus respectivas manifestaciones de fe.

 

Víboras en los templos

Al día siguiente desperté listo para una nueva dosis culinaria y religiosa, y decidí visitar uno de los templos budistas más importantes del mundo, el increíble templo Kek Lok Si, así como el famoso templo de las serpientes. No sin antes devorar un increíble pollo estilo hindú, cocinado en horno tandori, con su respectivo pan nam, y un exquisito café con leche. Había olvidado mencionar que la isla de Penang no es demasiado grande y es posible recorrerla entera en unos cuantos días. La ciudad principal es Georgetown, al este, y por su riqueza cultural y facilidades es el lugar ideal para comenzar a descubrir la isla. El norte y el oeste cuentan con decentes playas, mientras el sur alberga hermosos pueblos de pescadores; las montañas del centro desbordan en flora y fauna única en el mundo, bastante bien conservadas por cierto. Pero como les platicaba lo que es verdaderamente único en el mundo es la armonía de su diversidad cultural y religiosa. Al llegar a las faldas de la montaña que alberga el templo de Kek Lok Si me encontré inmerso en un mar de puestos callejeros con fayuca china y “artesanías”, y hube de arrastrarme por entre los vendedores hasta llegar a lo que se conoce como el pozo de la liberación. Dicho pozo no es más que un quiosco flotante rodeado de tiendas, y en sus aguas cohabitan cientos de tortugas que devoran pedazos de pan, lechuga y bolsas de plástico, ofrendas de los creyentes. Los últimos escalones hasta el templo también se encuentran atiborrados de puestos y restaurantes improvisados, pero mi ánimo cambio al descubrirse entre las nubes la pagoda de los mil Budas, rodeada por un hermoso complejo de templos amarillos y jardines que culminan en una enorme estatua de bronce de Avalokiteshbara, el Buda de la compasión. Visité y ofrecí flores e inciensos a las estatuas en templos con influencias de Tailandia, Myanmar y principalmente de China, pero para mi sorpresa cada uno contenía una tienda equipada con souvenirs religiosos y hasta coca colas que distribuían los monjes a los turistas. Después escalé los siete pisos de la pagoda de los Mil Budas, y al contar hasta cien decidí creer que el número de representaciones que le dan su nombre era el correcto, entregándome a la experiencia de ascender hasta el estado más puro de la conciencia. Una vez arriba, dominando el escenario de la costa y las montañas, disfrute de la brisa del mar antes de visitar el templo de las serpientes, unos 10 kilómetros al sur. Es común entre los visitantes de Malasia preguntar si fuiste o no al templo de las serpientes, un lugar que se vende como el templo de un antiguo monje y curandero llamado Chor Soo Kong en donde los reptiles son libres para “reptilear” por entre las estatuas y ofrendas. A mí me pareció interesante la idea, pero al llegar y encontrarme con dos serpientes en una canasta listas para fotografiarse con los turistas y los molestos cuidadores vendiendo todo tipo de parafernalia religiosa, opté por esconderme en un jardín a descansar. Algo que sí llamó mi atención fue un letrero que advertía a los mediums que estaba prohibido entrar en trance en el templo de las serpientes, por la comodidad y seguridad de los visitantes. Ni modo, habrá que buscar otro lugar. Al regresar a Georgetown paseé por entre los restos del hermoso fuerte Cornwallis, el divertido barrio hindú y un parque, en donde me integré al ritmo de las familias que disfrutaban su domingo en aquella hermosa ciudad colonial en la isla de Penang. Muchas fueron las experiencias en Malasia y el mundo en general, ya serán suyas, mientras tanto terima kasih (gracias) y hasta la próxima.

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