La oveja negra
Por Alonso Vera Cantú
Fotos Paulina García-Vallejo U.
No cabe duda que las mejores experiencias en los viajes se desprenden de una delgada línea entre lo maravilloso y lo terrible. Todo depende de la forma en que se tomen. Por ejemplo, estas líneas las escribo desde un café Internet a las orillas de una hermosa bahía en Ko Tao, una isla en el sureste de Tailandia. Frente a mí el sol se escurre por entre las enormes piedras blancas y elegantes palmeras que decoran un tranquilo mar color turquesa, con su respectiva arena blanca y pedacería de coral y crustáceos. Un par de largas barcas de madera con motores fuera de borda y techitos rojos se mecen con las pequeñas olas, y llevan al frente dos curiosos ojos protectores y varitas de incienso con un dulce aroma que se mezcla con la brisa del mar. El firmamento dibuja una imponente piedra en forma de Buda sentado y dos pequeñas islas, en donde hace casi una hora bucee por entre túneles cubiertos de erizos, corales y cientos de peces tropicales. A pesar de lo anterior, de camino al café una tabla suelta del muelle casi se queda con mi pierna, un par de serpientes venenosas, tarántulas y un sin fin de hormigas y avispas cohabitan en mi bungalow, no tengo una sola prenda de ropa que no huela a perro mojado y en unos minutos comenzará la que he denominado como la “hora mosquito”, en donde cientos de dichos insectos decoraran mis pies con molestos piquetes, como lo han hecho los últimos dias. Por otra parte intentar escribir, descifrando el teclado en caracteres tailandeses con la molesta música de “artistas” latinos, que prefiero no mencionar, se vuelve complicado. Sin embargo, si pusiéramos sobre una balanza lo “bueno” y lo “malo” veríamos que no hay ninguno de los dos, simplemente sucesos y hechos que hacen del lugar lo que es, y que lo enriquecen con cualidades únicas. Es por lo anterior que decidí realizar mi primer viaje a Filipinas, un país sumergido en el prejuicio y el olvido de algunos, por los musulmanes radicales y pobreza, pero que encierra algunos de los sitios más imponentes del mundo, una interesante historia y, sobre todo, los habitantes más eclécticos, divertidos y amables que he conocido.
Hay que probarlo todo
El sureste de Asia es mi zona preferida. Cada país más que un país es un mundo diferente, exótico, profundo y encantador, a pesar de que entre ellos comparten ciertos elementos e historias. Pero Filipinas es el más singular, ya que ubicado en el extremo este del sureste asiático y compuesto por más de 7,000 islas –muchas de ellas sin nombre y más que islas son una cordillera sumergida que une a Japón con Malasia- sus primeros habitantes fueron malayos y polinesios que llegaron en canoas hace miles de años. A finales del Siglo XIV los mercantes árabes introdujeron el Islam y, posteriormente, a mediados del Siglo XVI, Filipinas fue colonizada por los españoles, quienes la gobernaron a través del virreinato en México e introdujeron la Iglesia Católica. Tras independizarse, casi 400 años después, fue ocupada medio siglo por los norteamericanos. De cada uno de sus ocupantes absorbió los elementos que ahora se conjugan en un escenario natural sin igual. Volcanes activos, islas desiertas, prístinas ciudades y pueblos, y algunos de los mejores sitios de buceo y surf del mundo. Sin duda alguna había que probarlo todo.
Humo negro espeso
A Filipinas llegue tras superar los miedos del SARS en China, en donde después de pasar unas semanas en Shangai y Hong Kong, escuchar como más de seis millones perdieron su empleo, la ocupación hotelera bajó del cien al 1.5% y observar el ritmo de vida normalizado después de que algunos pasaran más de un mes encerrados en sus casa, realicé que los medios tienden a exagerar en ocasiones por unas cuantas monedas, afectando las vidas de tantos que dependen del turismo. En otra ocasión platicaremos de China, por ahora regresemos a que la caótica capital del país, Manila, fue mi puerto de entrada. Una ciudad no muy distinta al D.F., en donde en lugar de vochos hay una cruza entre los restos de Jeeps de guerra norteamericanos y camiones de escuela: los Jeepneys. Estos folclóricos transportes rasuran las banquetas y transeúntes dejando enormes estelas de humo negro espeso, y son sin duda la opción más pintorezca para transportarse. A pesar de la mala fama que “goza” Manila –por el alto índice de crímenes callejeros- es fundamental caminar para darse una idea de cómo comen, de qué se ríen y qué hacen los locales. La recompensa es inmensa. Sin dudarlo visite la ciudad amurallada de Intramuros para sumergirme en el pasado. Sus 4.5km de bardas y puertas, construidas por los españoles, resguardan casas, iglesias, tiendas y museos con un interesante estilo arquitectónico colonial. Inclusive el McDonald´s de ahí semeja una hacienda española, pero es bueno saber que su contraparte local, el Jollibees, es mucho más rico y popular. Otra actividad común para darse una idea de la vida de la ciudad es tomar un “crucero” por la Bahía y observar a los cientos de barcos pesqueros y sencillas casas de madera a las orillas del mar.
La gracia de diez ratónes
En Manila lo más atractivo son las opciones de entretenimiento de uno de los barrios más intensos del mundo: Malate. Un lugar en donde la mezcla de bares, cafés y restaurantes, en edificios estilo Art Decó, desafían la imaginación de cualquiera. Es un espacio con algo para todos los gustos y donde uno puede ser como quiera ser, al menos por una noche, en un país bastante conservador. A este lugar llegué temprano y un amigo residente me paseó por los lugares más locos. Uno de ellos fue el restaurante Kenkoy, que hace honor al nombre del personaje de comics más famoso de Filipinas. Kenkoy es tan antiguo como Mickey Mouse, pero según dicen cuenta con la gracia de diez ratones. Ahí hay una enorme estatua de él y un mural con todos los personajes de los comics de Filipinas, como su versión de la mujer maravilla, Darna. Cuenta la historia que es una niña muy pobre con deseos de ayudar a los demas, así que su abuela le regala una piedra mágica. Cuando se traga la piedra y grita Darna se convierte en una súper heroína, y cuando quiere regresar a la normalidad tiene que gritar su nombre original, Narda. También observé la versión filipina de Tarzán, llamada Kulafu, que no le aporta mucho al icono que conlleva, ya que vive en la selva y es también amigo de los animales. Los bares más sobresalientes fueron el Hobbit House y The Library. En el primero los meseros son todos enanos disfrazados como una cruza de duendes con ewoks, y el segundo es el preferido de los locales, que disfrutan los chistes de los comediantes y Drag Queens que cantan y bailan sobre una pequeña tarima toda la noche, y que, por supuesto, me hicieron subir al escenario a hacer el ridículo. Me gustó hacer el ridículo y al parecer a los filipinos también, ya que hube de recibir contínuas invitaciónes a beber la cerveza local, de nombre San Miguel.
Uno dentro de otro, dentro de otro
Una vez experimentada la ciudad me mudé al grupo de islas de Palawan, al oeste de la isla principal de Luzón, más en específico la isla Pamalican y otras más aún sin nombre. Estas últimas me hicieron dudar qué en realidad es una isla, ya que algunas simplemente son un montículo de arena coronado por una sola palmera que brota de la aparente nada. Así que pasé días y noches enteras en las arenas más finas y blancas que se puedan imaginar, comiendo pescado fresco y observando los atardeceres más hermosos arruyado por las pequeñas olas de mar y el canto de las cigarras. Después de dicho sueño hecho realidad hube de regresar a la isla principal para visitar uno de los lugares más alternativos del mundo: Tagaytay. Después de unas cuantas horas de manejo por entre pueblos y plantíos de los famosos mangos de Manila llegué al meollo del asunto. Filipinas tiene muchos volcanes activos, pero el de Tagaytay se los lleva a todos, ya que está rodeado por un lago y tiene pequeños sub-cráteres dentro del principal, el cual está lleno de agua. Uno de estos cráteres, a su vez, tiene un lago en el centro, así que en pocas palabras Tagaytay es un lago, dentro de un lago, dentro de un lago. Las historias locales cuentan que el actual pueblo cercano de Taal es en realidad el tercero, ya que se han tenido que mudar por las erupciónes que han dejado bajo cenizas y agua a los anteriores. Se dice que bajo las turbulentas y sulfurosas aguas del cráter principal están los restos de la iglesia principal y del palacio municipal, y que en esas mismas aguas, en donde ahora solo hay una especie de sabrosos charales, las habitaron enormes tiburones antes de la última erupción, hace más de treinta años. Otros dicen que el cráter exige al menos un sacrificio humano al año, comúnmente en las fechas de la Semana Santa. En el pueblo de Taal visité la iglesia más grande de Filipinas y comí un delicioso helado de vainilla dentro de un bolillo, platicando con los conductores de Jeepneys antes de tomar un barco que me llevaría a las islas del sur para bucear, las famosas Visayas. Muchas fueron las experiencias en Filipinas y el mundo en general, ya serán suyas. Mientras tanto maráming salamat (gracias) y mabuhay (por la vida). Hasta la próxima.
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