Pata de Perro Agosto 2003
Santo jueves de la rata
Por Alonso Vera Cantú
Uno de los primeros sentimientos al emprender un largo viaje es la pérdida de la pertenencia. No es algo nuevo, nos pasa a todos cuando cambiamos de cama o de escuela, cuando encontramos un supermercado más conveniente o un taquero más confiable. Un segundo sentimiento parte de las posibilidades infinitas en las que los humanos viven y conviven un mismo día, en un mismo planeta, al mismo tiempo. La simple idea de la infinidad de circunstancias y situaciones que acontecen a cada instante, en cada rincón, es aterradora y fantástica a la vez. Si a eso le sumamos las diversificaciones que acontecen con las decisiones, tendríamos como resultado un vistazo de lo que es la realidad, al igual que estas líneas. Quién iba a pensar que me sentaría a comer en la mesa de una persona que día con día se levanta al amanecer, para extender sus redes de pesca en la inmensidad de un lago rodeado por templos, tribus antiguas y plantíos de arroz. Quién iba a pensar que algún día iba a dar una clase de inglés, que terminase en lágrimas de alegría y esperanza, frente a cientos de monjes budistas que dedican su vida entera a promover la paz y la compasión en un país que no goza de derechos humanos. Quién en su sano juicio iba a pensar en la remota posibilidad de que alguien como yo pudiese escuchar cantar a una madre amamantando a los hijos de su vecina, quien cumple una sentencia indefinida en una cárcel del estado por decir en público sus pensamientos con respecto al gobierno. Quien iba a pensar que pudiese integrarme a su realidad, y a enamorarme de un pueblo que esconde las más sinceras esperanzas de paz bajo el yugo de una junta militar. Yo no, pero así fue en Myanmar, el país más olvidado y fantástico del sureste Asiático.
Jueves de la rata
La primera vez que visité el sureste asiático jamás había escuchado de una gran parte de los países que lo conforman. Laos, Brunei y Myanmar no existían en mi realidad, sin embargo ahí estaban haciendo lo que hacen y como lo hacen desde hace cientos de años. En esa primera ocasión no tuve el privilegio de visitar Brunei, del cuál salí hace un par de semanas y les platicaré en otra ocasión, ni Myanmar, en donde me encuentro por el momento. Frente a mí un tranquilo lago duplica las imágenes de las montañas, de los plantíos flotantes con todo tipo de verduras y de sus habitantes sobre canoas pescando con hermosas redes tejidas, como si fuese un espejo. No escucho nada a parte de unas cuantas ranas cantando y, a lo lejos, los rezos de docenas de monjes antes de comer, en un monasterio budista flotante. Lo más conveniente sería iniciar cuando tomé un avión desde Bangkok hasta Yangon, o Rangoon, la capital de Myanmar, o Burma. Si les confunden los nombres dobles digamos que los primeros son los oficiales y los segundos los conocidos antes de que la junta militar, que arrebató el poder en 1962 tras 12 años de guerras civiles y la independencia de los ingleses en 1947, los cambiara en el 89’. La situación de ese país no es fácil de explicar, y no hay dos personas que conozcan el mismo Myanmar. Por un lado está el país con un glorioso pasado de reyes e innumerables pagodas de infinita hermosura, donde la vida del campo acontece sin distracciones desde hace miles de años y la serenidad de la fe budista deriva en una cultura de respeto y gentilidad. No solo cuenta con algunos de los sitios más hermosos y pintorescos del planeta, sino con una variedad de tribus con habitantes que visten y viven como lo han hecho desde tiempo inmemorial, y que gracias a Dios aún no conocen el McDonald’s. Por el otro lado tenemos al país más pobre del sureste asiático, donde los sueldos son más bajos que antes de la independencia, el gobierno reprime y tortura a su gente y la esclavitud es la norma en los trabajos públicos. Las dos visiones rescatan fragmentos de la realidad del país, que en mi percepción no es ni bueno ni malo, ni blanco ni negro, sino gris. Llegué a Myanmar de noche, sobreviví al proceso de inmigración con los militares y me dirigí a mi hotel por entre edificios coloniales, carcomidos por el tiempo y el musgo, y pagodas doradas donde la gente reza en alguna de sus ocho esquinas. Esto se deriva del calendario budista mezclado con las creencias astrológicas del país, en donde cada uno de nosotros es representado por un animal, de acuerdo al día de la semana en que nacimos. Yo por ejemplo nací en jueves y soy rata, y mi esquina estaba retacada de inciensos, flores y velas por ser el cuarto de la semana. Aunque para ellos es el quinto, ya que el miércoles se divide en dos, mañana y tarde, por ser el día en el que nació Siddartha Gautama Buda. Los de Myanmar viven y mueren bajo la influencia de dichas creencias.
Nada es para siempre
Al llegar a mi hotel observé los camiones de pasajeros, reliquias estadounidenses del la Segunda Guerra Mundial, que siguen en funcionamiento a base de necesidad. Por la política de puerta cerrada del país, y otras circunstancias como embargos comerciales, un coche de los ochentas cuesta alrededor de doscientos mil pesos, un celular cuesta setenta mil pesos y el Internet en casa está prohibido, en donde lo hay está censurado y tan solo dos páginas del gobierno son accesibles. Los transeúntes vestían su longgyi –falda larga de algodón- como lo han hecho desde siempre, esquivando y saltando los agujeros y charcos de las calles. Al día siguiente emprendí mi visita por entre los edificios coloniales de gran altura y hermosa fachada acentuada por el tiempo y la humedad. De sus cientos de ventanas se descolgaban tendederos de ropa, por donde se asomaban viejitas curiosas y anuncios publicitarios fluorescentes. En la primera cuadra se me acercó un joven a saludar y a invitarme a su clase de inglés. Sin dudarlo lo seguí por entre puestos de frutas, vegetales y libros viejos, al tiempo que las mujeres portaban orgullosas manchas en la cara, como de lodo, sin que entendiese aún el por qué. Al subir por unas estrechas escaleras me encontré con un salón de clases con mesas alargadas, sillas desiguales, una tarima frente a un pizarrón y una bocina con su respectivo micrófono. La concurrencia estaba conformada por unos doce monjes vestidos con hábitos color vino, tres mujeres y un maestro con el ojo chueco y estilo bohemio, el cual se mostraba complacido por mi presencia. Felizmente me senté a platicar con un par de monjes. Poco a poco me encontraba con un nuevo personaje frente a mí, platicándome su historia, sus intereses, costumbres y sus esperanzas, así como de la importancia de la meditación y otras costumbres. Poco después el salón de clases se abarrotó, y mis esfuerzos por satisfacer los cuestionamientos y pláticas eran insuficientes. Así que me subieron a la tarima frente a un grupo de cientos de monjes, y uno que otro “civil”, con la intención de recalcarles la importancia de aprender lo más posible para enfrentarse a los cambio que ellos, como juventud, tenían que propiciar. Hablé intercalado de cómo se hace una tortilla, para no aburrirlos tanto según yo, y de la importancia de tomar sus propias decisiones, de que hicieran escuchar su voz, su dolor. Sin darme cuenta, o más bien sin saberlo, hablar como lo estaba haciendo está prohibido, pero no pude evitar decirles que todo podía estar mejor y que su participación era fundamental para un cambio. Para terminar resaltamos el principio budista de que nada es para siempre, y que hasta los más grandes imperios han caído. No faltaron las lágrimas y los gritos de esperanza dentro de la audiencia, quienes se cooperaron para invitarme a comer en una tradicional “tea shop” y me insistieron que los visitara día con día durante mi estancia. Y así lo hice, platicando siempre de otros países, otras realidades y otras personas, sin dejar de maravillarme de su amabilidad y respeto. Nunca había presenciado tal ansiedad por escuchar y aprender de lo que fuese.
Seis pesos
Una de esas mañanas visité el mercado de pescados a las orillas del mar, en donde muy en la madrugada cientos de personas se debatían por entre pedazos de hielo salpicado y resbalosos pescados que volaban de un lado a otro. Al salir de ahí me dirigí al sitio más sagrado del país, no sin antes sentarme a tomar un café en un parque, donde una señora amamantaba a dos críos a la vez. Al verme llegar me sonrió dulcemente, y sin mostrar pena alguna me preguntó mi procedencia y destino. Entablamos una breve plática que me marcó de por vida, no tanto por las palabras sino por las imágenes y sentimientos. Me comentó que uno de los bebes era de ella y el otro de su vecina, quien se encontraba en alguna prisión del gobierno por expresar abiertamente sus dolencias y carencias con unos extranjeros. Al despedirme entre lágrimas me dirigí a la stupa dorada de Shwedagon, rodeada por 68 pagodas menores, templos y leones guardianes. Cuenta la historia que dos mercaderes de la India conocieron al recién iluminado Siddartha Gautama, hace unos 2500 años. Ellos le ofrecieron pasteles de arroz y él los recibió con un sermón y un regalo: ocho cabellos que se encuentran resguardados como reliquias en la pagoda. A pesar de que el lugar es increíble, con monjes y peregrinos rezando, cuervos y palomas volando por entre las estéticas estructuras religiosas, no me agradó mucho la sensación del lugar. Tal vez fuese la intensa carga política que sufre el lugar o las docenas de espías militares que rodean la zona. Después de unos cuantos días más decidí visitar la zona del Lago Inle, en donde me encuentro. Así que volé hasta el pueblo de Heho para posteriormente manejar por brechas en donde hombres, mujeres y niños parten y cargan piedras para hacer un camino por entre las hermosas montañas, por menos de seis pesos al día. Muy conmovido e indignado arribé a un muelle y tomé una larga lancha por entre canoas de pescadores y plantíos flotantes de maíz. Conforme la lancha avanzaba las vistas se hacían más increíbles, extendiéndose las aguas y los jardines flotantes. De pronto la lancha se introdujo a través de las granjas de tomate, cacahuate, arroz, fríjol, maíz y demás, por donde lirios y flores de loto se mecían con la dulce brisa que descendía de las montañas. Atónito contemplé el estilo de vida flotante, en donde sencillas casas de madera, tiendas y hasta monasterios se iluminaban con la luz del sol y de su gente, que remaba sus canoas como si fuesen extensiones de su cuerpo. Antes de llegar a mi hotel visité uno de los cinco mercados que acontecen durante la semana, ya que los habitantes del estado Shan, que en su mayoría son antiguas tribus de las 135 grupos étnicos que viven en el país, como los Shan, los Pao, Padao, Karen y demás, cada uno con su muy particular vestimenta y actitud, de los largos cuellos de bronce a los turbantes naranjas y camisolas negras. El mercado es algo que los une, como los cigarros que todos fuman y las hojas que mastican. Los cigarros se llaman cheroots, cuestan el equivalente a tres centavos de peso y están hechos a base de la hoja del árbol del mismo nombre, alrededor de tabaco, astillas de madera, tamarindo y su toque personal. Las hojas de bide se mastican untadas con cal, tabaco, raíces y hierbas que nunca entendí, sabe extraño y requiere de estar escupiendo continuamente grandes cantidades de saliva colorada. El mercado rotativo les da la oportunidad de vender sus cosechas y abastecerse para la semana, así como gastar unos cuantos Kyats en rudimentarias apuestas y enterarse de uno que otro chisme. Al terminar el mercado escalé una montaña hasta las ruinas de cientos de pagodas antiquísimas, cubiertas de raíces, flores e historias que les platicaré después, ya que los siguientes días continuaré por acá antes de visitar Mandalay y Bagán, sitios que me quedaría muy corto en describir por el momento. Muchas están siendo las experiencias en Myanmar y el mundo en general, ya serán suyas, mientras tanto me voy a comer con mi nuevo amigo pescador Kor Aung Sui y luego les platico. Por cierto, el barro en las caras de las mujeres se llama tanakán y se utiliza a diario como cosmético, protector solar, humectante y astringente. La decisión de visitar o no el país es suya, lo importante es estar lo más informado posible antes de hacerlo, para evitar que la junta se beneficie de más con su visita, menguando las posibilidades de los habitantes de unas buenas pláticas y unos cuantos pesos extras para sobrevivir. El mes que entra platicaremos más de esos aspectos, si les parece bien. Hasta la próxima.
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