El Onceavo
Texto y Fotos Alonso Vera Cantú
“Yo soy quien soy” le respondió la zarza a Moisés en las faldas de un monte envuelto en fuego y humo. El Profeta habría de escalarlo para recibir los Diez Mandamientos, mientras que los recién liberados lo esperaban venerando un becerro de oro. El fragmento del Éxodo lo escuché de niño, e inclusive recuerdo haberlo interpretado en la escuela ataviado con mantos y mecates, siendo yo quien sostenía un zoomorfo pedazo de cartón pintado con laca dorada que desencadenaría la furia de mi amigo Felipe, obligándolo a quebrar un par de láminas de unicel que su madre decoró para la ocasión.
De ello hace mucho, y la sagrada cumbre del Monte Sinaí, o Gabal Musa -Monte Moisés- como lo llaman los beduinos que habitan su entorno, perduró como un supuesto hasta que llegué a la península egipcia que lleva su nombre y ascendí sus 2,286 metros sobre el Mar Rojo para recibir un mensaje que quisiera compartir.
In sha’Allah
Cancelado el trasbordador que me llevaría en una hora de Hurghada a Sharm el Sheik, un sitio que parece construido sobre el cráter de una bomba nuclear y que funge como puerta de entrada y erróneo embajador para la Península del Sinaí, tuve que ir a la estación de autobuses.
Luego de un par de shawarmas y seis tés volví a preguntarle al chofer si el camión de las 9pm saldría antes de la media noche. In sha’Allah –si Dios quiere- me dijo otra vez sorbiendo un nuevo café. No supe a qué hora partimos, pero sí que cada media hora se detuvo a beber algo, jugar dominó y burbujear la sheesha.
Mil horas después, al salir del túnel que cruza de Suez, nos encontrábamos al fin en el territorio que desde tiempos faraónicos ha presenciado contiendas. La última fue en la Guerra de Seis Días de 1967, cuando Israel la ocupó y comenzó a capitalizar el potencial turístico de sus montañas color miel que se desparraman a la costa y el carnaval de sus arrecifes de coral. Los nuevos hoteles y centros de buceo alteraron la vida de sus habitantes, quienes abandonaron la tradición nómada para dar paseos a los turistas en sus camellos y atender restaurantes.
Uno de esos
Mi destino inicial era el pueblo de Dahab, uno de aquellos sitios donde lo que más atormenta a la mente es decidir quién hace la mejor malteada de dátil. Es un sitio legendario desde los sesentas, un Katmandú combinado con Bali y acentos de Ámsterdam donde lo común es dormir en tiendas de estilo beduino frente al mar y pasar los días charlando y mirando las montañas rojizas de Arabia Saudita en el horizonte. Con sólo sumergirse en su bahía te encuentras con un universo paralelo con vistas y seres tan hermosos que de verse sólo en libros no se podrían creer. No es raro que los delfines jugueteen con los bañistas, ni que los niños beduinos te enseñen cantos y juegos o que uno planeé su visita por tres días y despierte seis meses después siendo instructor de buceo.
Pero yo tenía algo planeado, además de bucear el S.S. Thistlegorm, hundido cerca de allí durante la Segunda Guerra Mundial con su cargamento de camiones, motocicletas, armas y hasta vagones de tren, reconocido como el mejor sitio del mundo para quienes disfrutamos fisgonear las entrañas surrealistas de los naufragios. El plan era presenciar el atardecer en la cima del monte que nombra a la región, uno de los dos sitios mencionados en el Antiguo Testamento donde Dios se manifestó al hombre, por lo que es sagrado tanto para cristianos como para musulmanes y la mayoría de los judíos.
La revelación
Luego del desayuno partí hasta el Monasterio de Santa Catalina, que recibió su nombre en el siglo IX, cuando unos monjes hallaron el cadáver de la santa en la zona. Situado al pie del Monte Sinaí, el monasterio ortodoxo fue fundado en el 527 por el emperador Justiniano sobre una capilla erigida por la emperatriz Helena en el 337, en el sitio donde se cree que vio Moisés la zarza ardiente. Es el más antiguo de los monasterios cristianos habitados, con ascetas que aún despiertan cuando la campana de su Iglesia de la Transfiguración repica 33 veces junto a su mezquita. Protegido por el Profeta Mahoma, y hasta por Napoleón Bonaparte, nunca ha sido usurpado y resguarda increíbles tesoros.
El que llamó mi atención de inmediato, luego de penetrar la base de sus muros donde un senegalés compartía con un coreano la emoción que sentía de estar allí, fue la descendiente de la planta de hoja perenne mediante la cual Yahvé ordenó a Moisés conducir a su pueblo a la Tierra Prometida. Otro tesoro por demás sobresaliente es la colección de más de dos mil íconos, la única que muestra ejemplos ininterrumpidos del arte desde el siglo V hasta la actualidad.
Entrada la tarde incumplí el Éxodo 19:12 y comencé la fascinante escalada por la ruta donde 18 generaciones de peregrinos han remontado los 3,750 escalones moldeados por un monje penitente. El proceso de ascensión me lo reservo, pero antes de que el sol se acostase en un lecho de nubes frente miradas absortas, situado en la escarpada cumbre, no tuve que esperar 40 días y 40 noches para recibir el que debió haber sido el onceavo mandamiento: No tiraras basura en sitios sagrados. Muchas han sido las experiencias en Egipto y el mundo en general, ya serán suyas. Mientras tanto shukran, y hasta la próxima.
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