Mis primeras alas
Texto y Fotos Alonso Vera Cantú
La información fluye desde la torre de control del aeropuerto de la Ciudad de México con un eco estático, y el Capitán Pedro Cota responde. Estamos autorizados para despegar por la pista 23, y el remolque enfila el avión mientras revisamos los controles. “Armar toboganes”. “Listo”, respondo. “Flaps”. “Listos”. “Ajustar el estabilizador”. “Listo”, replico nuevamente sin poder contener la emoción. Las manos me sudan, el remolque se aleja, y tomo los controles luego de establecer la velocidad en tierra para conducir hasta la pista.
La tarde cae con esa luz tan especial. Los volcanes al fondo, la ciudad con su velo grisáceo invernal. Con la mano derecha giro la perilla que controla el tren frontal, con los pies ajusto el freno. Luego de ubicar la pista regreso los controles al capitán, quien tras escuchar el “Mexicana dos 22 tiene permiso para despegar, buen viaje”, confirma y acelera. Zuuuuumban las turbinas, todo vibra, mi cabeza se retrae. Pasados los 100 nudos la nariz comienza a levantarse, y de pronto, sin más ni más, estamos en el aire, ascendiendo mientras mi tierra natal se vuelve miniatura y nos sumergimos a la dimensión etérea de las nubes.
Un coloso gentil
El capitán me cede los controles de nuevo, y me afianzo a la palanca del “Fly by Wire” que utilizan los aviones modernos. Es un sistema hidráulico de impulsos eléctricos que evita las poleas y cables con los que se manipulaba el curso de los aviones antiguos y, por ende, los errores humanos. 50 millones de dólares de material y tecnología, de fantasías y destinos se mueven sutilmente con mi mano. Este Airbus A320 es un coloso, con 150 pasajeros a bordo, casi cuarenta metros de largo y otros tantos de envergadura, que se debe tratar como una dama. La culminación de un sueño concebido por Leonardo da Vinci.
El “Primary Flight Display” es el corazón de su navegación, y lo único que me importa en el momento. Debo alcanzar la altura y velocidad crucero -10,500 metros y 800 Km./h- siguiendo el curso que me pauta la computadora con el horizonte auxiliar rumbo a Nueva York. Al encumbrar encendemos el piloto automático. Podíamos haberlo hecho antes, pero por qué perderse el placer. Ahora podemos platicar, tomando café y atardecer de nubarrones afelpados.
Charla entre cumulus y nimbus
El Capitán Cota tiene más de 35 años volando y un prestigio que no conoce fronteras. Me compartió que en su casa se hablaba sólo de aviones, jornadas, y tiempos de vuelo, ya que su padre, retirado hace 29 años, también piloteó para Mexicana y para Echeverría alrededor del mundo. El contexto ideal que lo llevó a las aulas de la escuela de aviación civil CIAC, y luego al aire la mañana del 8 de Diciembre de 1970. Sus alas inaugurales fueron las de un Mentor con matrícula XE-CAG, y al aterrizar recibió las tradicionales patadas y baño de lodo como bienvenida. “Lo aceptas con gusto”, me dijo, “porque no hay nada como ser aviador”.
La historia de este linaje de aeronautas, como la de la aviación en México, está íntimamente ligada a la de Mexicana, una de las primeras aerolíneas en el mundo, con 85 años en operación y la flota más joven en la industria. “Un sólo vuelo”, me platicó, “involucra muchos meses de planeación y a miles de personas para poderse realizar, con comodidad y seguridad”. Con ello un nuevo concepto y admiración como viajero, previamente antipático y quejumbroso ante la idea de viajar en avión, vio la luz. Adoro cuando alguien disfruta tanto lo que hace que te contagia. Así que le pedí apagar el piloto automático, para entregarme a la sensación casi hipnótica que me procuraba el pilotear.
Un pretzel en Nueva York
Volar es mágico. Recuerdo cuando de niño mi padre siempre buscaba la forma de meterme a la cabina para conocer al capitán. Envuelto en el aura de su cabina luminosa, en sus ojos veía nubes y amaneceres, ráfagas de viento y tormentas de nieve, otros países, otro mundos. En ese entonces la aviación era glamorosa, y el piloto una figura que difundía admiración. Pero, hoy día, por la neurosis colectiva deben encerrarse bajo llave relegados al olvido. Y los tomamos por hecho, sin importarnos su servicio. Tratemos, al menos, de saludar al capitán cuando viajemos.
El tiempo pasó volando, más literalmente que nunca, y comenzamos el descenso. Una tormenta de nieve nos esperaba en el aeropuerto JFK, y la visibilidad era nula. A seis millas vislumbramos la ciudad, de noche, imponente con su bahía y edificios. El capitán aterrizó con dulzura a pesar de las inclemencias y sentí la seguridad de tierra firme, aunque preferí la del aire. Para celebrar dije “le invitó un pretzel”. Pero cuando me libré del cinturón y salí de la cabina nos esperaban los técnicos del simulador Thomson Training & Simulation Airbus A320 tipo D tercera generación de 11 millones de dólares, único en el país, con el que ensayan los pilotos de Mexicana. No cabe duda que la mente es poderosa, pero a mi nadie me quita mis alas. Gracias por el viaje Capitán, y por no patearme. Saludos desde Túnez.
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