“Mare Nostrum”
Texto y Fotos Alonso Vera Cantú
Mare Nostrum llamaban los romanos al Mediterráneo, el vínculo geográfico, histórico y cultural de tres continentes; cuna de la civilización occidental. Europeos, asiáticos y africanos lo han navegado, comerciado, historiado y contendido por miles de años. En sus costas e islas se han fundado y devastado regias ciudades, así como sueños y aspiraciones, amores y desamores. Impetuoso como cualquier otro, es en sí un estilo de vida con un espléndido desplante de arquitecturas y tradiciones, de colores y texturas, de cenas al fresco y largas jornadas bebiendo café a la sombra de palmeras y cipreses, con el aroma del jazmín y la menta, frente yates y botes pesqueros con ojos bailoteando en puertos de ciudades fortificadas entre plantíos de olivos, cítricos y viñas. No le faltan los delfines, ni los dioses, ni las olas rotas, ni el canto de sirenas y los naufragios. Por ello, y tantas otras cosas, navegarlo como hago ahora es poner proa en un poema.
La cosa se puso púnica
El barco zarpó de Salerno a media noche. Vientos del noroeste auguraban una travesía veloz, y por momento lluviosa, de 25 horas hasta el puerto tunecino La Goullette. De tierras romanas a cartaginenses, surcamos las olas donde se consumaron las Guerras Púnicas. El historiador Polybius, testigo de la tercera que culminó con la destrucción de Cartago en el 146 a.C., narra cómo en una sola batalla cerca de 330 naves romanas se batieron con 350 cartaginenses, todas ellas de cinco bancos o quinquiremes, lo cual implicaba más de 290,000 hombres a flote y en disputa. Pasé horas en el puente de mando mirando el azul, bebiendo café con Fortino, el capitán del ferry, e imaginando la batalla que cambiaría el mundo.
De pronto, África en el horizonte, madre de la civilización, con el norte como su aparador de los poderes de la mente: la inteligencia, la imaginación y la espiritualidad. Por más de tres mil años Túnez ha sido una Meca para conquistadores y colonizadores que han dejado su huella, académicos queriendo resolver sus acertijos, artistas intentando capturar su esencia y viajeros buscando experiencias inolvidables. Es un país tan pequeño como diverso, con minaretes junto a capitolios romanos, sinagogas y fortines otomanos. Del Sahara a la costa, es allí donde lo que era aún es, y el futuro simplemente será integrado.
La primera capital marina
La leyenda dice que la princesa fenicia Dido se escapó de Tyre, hoy día Líbano, para refugiarse en la colina Byrsa cerca de la actual Túnez capital. A partir de allí fundó Cartago que, a principios del siglo III a.C., se convirtió en la capital comercial del Mediterráneo. Su población superaba el millón, una cifra inmensa en el mundo antiguo, y sus actividades comerciales se extendían por todo el Mediterráneo llegando inclusive a Bretaña y las Azores. Con la zona más fértil del Mediterráneo en torno, los cartaginenses no sólo fueron magnos comerciantes y marineros, sino la primera nación que industrializó la agricultura, conocimiento que posibilitó la expansión del Imperio Romano que la exterminó.
Cartago era inmensamente fuerte y sólo podía ser atacada por dos direcciones: de frente, por la bahía, o por una barra de arena en la península. La primera implicaba enfrentarse a la flota naval y luego sortear una muralla triple, de 22 metros de altura. La segunda enfrentarse a los más de 300 elefantes, 4,000 de caballería y más de 20 mil de infantería, comandados todos por el temible Aníbal. Sin embargo, hoy día uno paga tres dinares y está dentro.
Envuelto por el Golfo de Túnez, el ferry se apostó cerca de lo que fuese la bahía militar cartaginense, conocida como el Cothon, que es circular y alguna vez tuvo más de 200 muelles. Muy cerca de la costa, y la protección de la ciudadela en la colina Byrsa, tiene al centro una isla artificial donde se ubicaban los cuarteles del almirante. Hoy día es un puñado de rocas, con mansiones burguesas en torno y turistas enmendándolo con la imaginación. Yo descendí, besé el piso sin conato papal, y comencé a descubrir los restos de los restos de los restos.
De cómo pudo haber sido
El corazón de todo Cartago era y es la ciudadela sobre la colina Byrsa. Ascendí a la cima donde se ubicaba el templo de Eshmun, la diosa fenicia de la salud y la curación, dominando las vistas. Allí se reunía el senado cartaginense, y actualmente se eleva una catedral bizantina y un museo con bellas piezas. En torno, y hasta el mar, se aprecian las ruinas de almacenes y cisternas, calles rectas, templos y palacios, así como teatros y grandes baños romanos que habría de visitar poco a poco. La maestría de los artesanos locales derivó en bellas columnas, estatuas y los fascinantes pisos de mosaico de las villas patricias que se gozan en el Museo del Bardo. No hay como terminar en el barrio cercano de Sidi Bou Said, de casas blancas con puertas y ventanas azules, para tomar un té de menta con piñones servido al atardecer.
Aún no entiendo cómo fue que los romanos al mando del general Scipio lograron conquistarla, pero sí se que tuvieron que destruir casa por casa para llegar a la ciudadela, vender a los supervivientes como esclavos y, luego de casi cien años de batallas, comenzar la primera y única unificación que ha tenido el Mediterráneo desde que surgió con la separación de los Continentes. Lo que sí me queda claro es que no fue África la que se volvió romana, sino Roma la que se volvió africana, y eso es de lo que platicaremos el siguiente mes. Muchas han sido las experiencias en Túnez y el mundo en general. Ya serán suyas. Mientras tanto Shukran, y hasta la próxima.
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