Wadi Rum: al estilo beduino
Por Alonso Vera Cantú
En el desierto uno puede extenderse de tal manera que se comprende el tamaño del propio contenedor, y en ocasiones su lugar en el mundo. Y es necesario pasar al menos una noche envuelto en aquella bóveda imposible de creer, deslumbrado por las estrellas fugaces y las imágenes compiladas durante el día, para percibir los humores de este fascinante ecosistema y las características de sus habitantes.
Tras los pasos de Lawrence
Thomas Edward Lawrence nació en 1888. Sus estudio de arqueología lo llevaron a Siria y Palestina, pero al estallar la Primera Guerra Mundial se convirtió en agente del servicio de inteligencia en El Cairo. De cómo el inglés apoyó la Revuelta Árabe e impulsó la creación de un estado suní se aprecia en la película “Lawrence de Arabia”. Pero quien quiera revivir sus aventuras en 1917 al lado de los beduinos no sólo debe ver la película o leer su libro “Los siete pilares de la sabiduría”, sino visitar Wadi Rum, escenario del hecho histórico y del film.
Yo llegué a esta desértica región en el sureste de Jordania desde Aqaba, el puerto del reino hashemita en la bahía del Mar Rojo que comparte con Israel y Egipto. Fue ahí donde Lawrence venció al ejército otomano con un ataque sorpresa al mando de un combinado de tribus beduinas. Pero como eso también se aprecia en la película y hoy día sólo es un resort turístico erigido sobre la memoria de un puerto salomónico, vamos al momento en el que mi amigo Attayeck me recibió en la aldea de Wadi Rum.
La vida a la beduina
La aldea es la puerta de entrada a un conglomerado de valles formidables, y el único sitio donde he visto camellos pasando topes. Está compuesta por cinco mil beduinos y es dirigida por un jeque, que tiene autoridad y sabiduría suficientes para mantener el orden sin necesidad de que intervenga del gobierno jordano.
En este sitio separado del mundo moderno por una delgada frontera de costumbres ancestrales y mitos fenomenales ni el principio ni el final, ni la subsistencia misma de la vida, se muestran confinadas a la discreción. Muy pronto entendería por qué Lawrence pasó tanto tiempo allí. La hospitalidad beduina es proverbial. Su cultura les obliga a acoger a todos los viajeros. Una de tantas leyes que han implantado tras siglos de habitar el desierto.
Attayeck me esperaba tomando un té de menta a la sombra de una hermosa montaña, o jebel, conocida como “los siete pilares”, que pauta la entrada a la ahora reserva nacional y patrimonio de la humanidad. Vestía su camisola y sonrisa tradicional, con un tocado rojo en el pelo y una daga en el cinto, símbolo de dignidad. Este miembro de la tribu beduina dominante -los huweitat- me acogió y llevó a su tienda para definir los días que pasaríamos explorando la región a pie, en jeep y a camello.
Dentro de su tienda negra de pelo de cabra, conocida como beit ash-sha’ar, aprendí que esta se divide en dos partes: una para mujeres y niños conocida como el haram y otra para los hombres, donde también se sirve té y alimentos a los visitantes mientras se discuten los asuntos del día o las verdades de la vida. Si uno se acercarse a la tienda de otro sin invitación deberá pagar un camello por cada paso dado dentro de un perímetro de 50 metros. Ello para proteger a las mujeres, quienes en lugar de velo llevan el rostro tatuado, se encargan de criar a los niños y de los quehaceres domésticos mientras el hombre caza, pelea guerras ínter tribales o, como hoy día es más común, lleva turistas a pasear.
Hay que darle tiempo
Los valles de la región se extienden a lo largo de 130 kilómetros magníficos. El problema del visitante común es que llega por la mañana, pasa dos horas a bordo de un jeep visitando los sitios “famosos” como la Casa de Lawrence antes de comer una ensalada de atún, tomarse una foto con el primer beduino que vea y marcharse.
La zona tiene más de tres mil años de historia y debe ser tomada en serio. Los restos de la civilización Ad, o Aramua, que se asentó allí entre los siglos X y IX a.C. como menciona Ptolomeo en su Geografía son aún un misterio por descubrir, así como los templos e inscripciones de los nabateos, sin mencionar las historias de Lawrence y la cultura beduina. Sus valles salpicados por dunas de arenas rojizas y montañas de arenisca, cuyas formas han sido redondeadas por 50 millones de años de erosión, requieren una vida. Pero pasar un par de noches para explorar a discreción, aprender a hacer fuego y recibir tu nombre beduino es suficiente. El mío fue zagat: “quien mira desde lo alto”.
La primera es difícil
Luego del primer día descubriendo belleza tras belleza me quedé sin adjetivos. Decir que los paisajes son como de otros mundos sería absurdo. Las vistas son de este mundo, aunque cueste trabajo aceptar que habitamos en un planeta tan hermoso y diverso. Además, eventualmente te encuentras con uno que otro asentamiento beduino y tienes la oportunidad de jugar con sus niños, brincando y corriendo por las dunas antes de mirar el atardecer sobre el jebel de tu elección y derretirte en lágrimas de la emoción.
Práctica común entre los beduinos es la de realizar una fiesta cada noche. “Estar vivos es razón suficiente para celebrar” me dijo Attayeck. Música y danza en torno a la fogata luego de cenar son lo menos que acontece. La comida y la bebida se sirven en tal abundancia que es imposible terminarla. Sería motivo de deshonra para el anfitrión, ya que todos deben quedar más que satisfechos, una ley que me pareció formidable considerando que estábamos viviendo en medio del desierto. Pero el beduino siempre encuentra la forma.
He de aceptar que la primera noche fue difícil. El silencio es absoluto. Tanto que quien viene de una ciudad querrá tener al menos un reloj despertador o una matraca a la mano para satisfacer su nostalgia de civilización. Sobretodo cuando la propia presencia es tan perceptible que te resulta insoportable.
A mí, envuelto en mantas de lana, recostado en arena que aún guardaba el calor del día y luego de un par de horas de afonía, me dio la impresión de escuchar mi actividad cerebral que, aunque limitada, sonaba como maquinaria pesada. Un sentimiento de ahogo prosiguió, y cuando el sonido de engranajes y bombas hidráulicas se volvió insoportable me levanté, aplaudí, encendí mi linterna y decidí quedarme observando las estrellas fugaces. Las siguientes noches me fue mejor, y ahora extraño estar allí. Muchas han sido las aventuras en Jordania y el mundo en general. Ya serán suyas. Mientras tanto gracias, y hasta la próxima.
Etiquetas: Alonso, desierto, Jordania, Pata de Perro, Vera, Viajes, Wadi Rum



Diciembre 17, 2008 a las 11:42 am |
Estimado Alonso, Tu historia y fotos están bellísimas, te mando mis felicitaciones y admiración. Quisiera saber si me prestas tu segunda foto para usarla en una presentación en una celebración de navidad con un grupo pequeño (en una Misa)
Espero tu respuesta.
saludos
Consuelo Chadwick