Brujas del Verano
Texto y Fotos Alonso Vera Cantú
Rusia ataca Georgia en la víspera del banderazo de unas Olimpiadas manchadas por la falta de respeto a la soberanía y los derechos humanos. En el aeropuerto Internacional de ciudad capital bien vienen a nuestros visitantes con un letrero que rebuzna “Bienvenidos Extrangeros” y yo, con un sentimiento de nostalgia por no sentir la llama del espíritu olímpico incendiando mi corazón, busco consuelo en los gratos momentos que un destino magnánimo me ha ofrecido.
Sobra decir que mi corazón tiene un sitio especial dedicado a Bélgica. Y es que es, entre muchas otras cosas, en donde tengo el gran placer de desayunar una gran cacerola de mejillones con papas fritas y al menos un litro de cerveza. Después de eso la vida siempre es color de rosa, y las experiencia están a tiro de tren.
Bélgica en mi corazón
Por un lado está Bruselas, moderna y cosmopolita, sinónimo de buena comida y buenos momentos. Rica en historia y tradiciones multiculturales, es hoy día el asiento de la Unión Europea y una de las ciudades con mayor propuesta de artes y modas contemporáneas. Es por ello que en sus calles se revuelven artistas, turistas y protagonistas políticos de todo el mundo, quienes pasean por sus edificaciones luego de definir los encabezados de los periódicos del día siguiente.
Pero unos pocos kilómetros al norte está Brujas, la capital de la región de Flandes y la ciudad medieval mejor conservada de Europa. Es en sí un museo flotante con 120 mil habitantes. Tan sólo un Estadio Azteca. Pero cada año recibe a tres millones de visitantes, sobre todo durante el verano, cuando sus calles trazadas sobre puentes y canales en torno a las plazas más románticas de la región.
La Venecia del Norte
Brujas es tan romántica que se te derrite a la vista y al tacto como un chocolate. Es un cuento de hadas medieval hecho realidad. Pequeñas plazas frente canales y estanques donde los cisnes y los turistas se debaten el pasto y el sol. Carretas jaladas por enormes percherones golpetean sus calles empedradas repletas de restaurantes y cafeterías al aire libre. Una docena de pastelerías y cervecerías dejan respirar los más placenteros olores. Todo guarda simetría y equilibrio, y todo es enmarcado por edificios que poco han cambiado en cientos de años, mostrando fachadas, cúpulas y torres a orillas del Mar del Norte que son como un milagro de supervivencia, denotando a la vez el esplendor mercante que vivió la ciudad desde su fundación en el siglo XIII.
Fue uno de los centros comerciales más prósperos de Europa, y es hoy día un monumento declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Su centro histórico es la Plaza del Mercado, con imponentes edificios sacros y gremiales a la sombra del Campanario de Belfort que se levanta 83 metros simbolizando el poder de los mercaderes de Brujas sobre la aristocracia. Luego de escalar los 366 escalones hasta el carillón de 47 campanas y su mirador, no pude más que almorzar en los restaurantes que tapizan la plaza sin importar el sobreprecio.
Plazas y más plazas
Continuar caminando a la vecina plaza del Buró fue la opción. Y es que allí es en donde se levanta uno de los ayuntamientos más antiguos de los Países Bajos: el Stadhuis, que data de 1376. Su interior gótico me sorprendió gratamente, tanto como el resto de los edificios que cierran la plaza. Y a un lado comienza el Barrio de los Gremios, repleto de cafeterías y museos como el de Groeninge, donde las obras de pintores como Van Eyck, Memling y Van der Goes congelaron las escenas que acontecieron en la ciudad durante el medioevo.
Al salir de los museos valió la pena conocer los templos más importantes de la ciudad, como la Iglesia de Nuestra Señora que alberga la Virgen con el niño tallada en mármol por Miguel Ángel, y el Begijnhof, fundado en 1245 y que fuese conocido como el Beaterio Principesco de la Viña. Hoy día es un convento que te transporta entre patios y jardines a la Edad Media. Pero la más visitada de todas es la Basílica de la Santa Sangre, junto al Ayuntamiento en la plaza del Burg, ya que conserva la reliquia de la sangre de Jesucristo traída desde Jerusalén por Thierry de Alsacia a su regreso de la segunda cruzada, según dicen.
Yendo a ninguna parte
Sin embargo, lo mejor en ésta ciudad entrelazada por canales y puentes fue dejarse llevar por los sentidos en busca de nada en particular. Eso sí, parando de cuando en cuando a tomar un cerveza o comer un delicioso chocolate en sus restaurantes y plazas que al fin de semana ofrecen música y danzas tradicionales en vivo. Todo esto, y mucho más, en un solo día de visita de la mano de mi mujer. Son pocas las experiencias más enriquecedoras a las cuales uno, como humano, puede aspirar en éste tiempo compartido que llamamos vida.
Y hubo un momento especial en que, sentados, comiendo papas fritas, escuchando un ensamble de jazz que impregnaba el ambiente con su tónica mágica de la felicidad, en que el mesero me pregunto si sabía porque el nombre del lugar. “Brujas, hmmm”, como me hubiera gustado decirle que brugge en Flandes significa “puentes”, así me hubiese regalado la cuenta. Ahí se las dejo para cuando vayan. Muchas fueron las experiencias en Bélgica y el mundo en general. Ya serán suyas, mientras tanto gracias, y hasta la próxima.
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