Pata de Perro Junio de 2006

By alonsovera

Chipre

De dioses y otras cosas

Texto y Fotos Alonso Vera Cantú

Las islas son un microcosmos de la historia, un sitio donde las tradiciones se resguardan celosamente, y donde la reclusión suele evitar los efectos nocivos de la modernización. Rentar una motocicleta y explorarlas a discreción es algo que siempre me ha fascinado, sobre todo si el contexto es mediterráneo y los sitios por descubrir resguardan historias tan humanas que parecieran divinas; en ocasiones tristes, pero generalmente dulces. Robinson Crusoe estaría celoso de mis métodos. Pero es que en Chipre occidental -ya que la parte noreste fue ocupada por Turquía en 1974 y es algo que por el momento omitiré- se revelan nueve mil años de historia ininterrumpida y una fascinante cotidianeidad con la simple intercesión de dos ruedas y un casco sin visor.

 

El nacimiento de una diosa

El epíteto más conocido de la diosa Afrodita es Cipria, el nombre de esta legendaria isla mediterránea contendida por todos los grandes imperios de Europa, África y Asia. Después de nacer de la espuma del mar en la zona donde me encontraba presenciando mi primer atardecer, conocida como Petra Toi Romiou, la diosa del amor y la gracia fue acogida por las Horas, y frecuentemente sorprendida en adulterio por Hefesto. No esperaba menos de una diosa viviendo en Chipre, donde existía un gran templo en su honor y hoy lo hace su recuerdo. Las historia del paso de fenicios, persas, griegos, romanos, cruzados y demás no caben ni en una enciclopedia, así que lo importante es el momento en que elegí una pequeña motoneta de 150cc para explorar este vergel.

 

Conducir una motoneta sin visor por esta isla montañosa, mirando pueblos encaramados de los arrecifes frente al mar o suspendidos entre viñedos, resulta peligroso. Sobre todo tomando en cuenta las leyes que dictan la fuerza generada por el impacto de dos cuerpos en direcciones opuestas a cierta velocidad. Digamos que yo iba a 80 kilómetros por hora y peso casi 90 kilos. Y que el escarabajo iba a unos siete con una masa de 10 gramos. Como ya no recuerdo la fórmula usted, querido lector, tendrá que obtener el resultado y creerme que el impacto en el rostro es doloroso, y que dos cuerpos sí puede ocupar un mismo espacio en un mismo momento. Así que tras la colisión, o mejor dicho fusión ya que el escarabajo se introdujo en mis poros, elegí carreteras secundarias con límites de velocidad en busca de nada en particular.

 

La vida les sienta bien

Dos horas más tarde me encontraba en el corazón de las montañas Panayia, donde hallé el monasterio ignaciano del siglo XIII de Chrysorrogiatissa. Nunca pude pronunciar su nombre, pero disfrute su claustro triangular frecuentado por criminales en busca de piedad, donde hay una importante colección de íconos bizantinos. También es un sitio donde los monjes manejan uno de los viñedos más importantes del país que creó el vino hace más de cinco mil años, y luego de comer en su fonda los ayudé a etiquetar botellas sin esperar nada a cambio.

 

De mal en peor

Seguía yo haciendo las cosas mal, y luego de beber cuanto néctar me ofrecían los monjes de largas cabelleras y miradas enternecedora, estaba borracho, y aún sin visor. No estoy seguro de cómo llegué al extremo oeste de la isla, bañado por el mar más claro que haya visto y agraciado con un bosque de almendros y cipreses. Lo bueno es que en una isla no puedes perderte, ya que eventualmente topas con la costa y te regresas.

 

Elegí una bahía pedregosas de agua esmeralda donde surgían esculturas de piedra, diseñadas por la erosión como si esta hubiese ideado convidarme recovecos perfectos para nadar en secreto, por no decir encuerado. Acariciado por la brisa y el sol de león, me dediqué a complacerme y luego observar un grupo de jóvenes que cogían pulpos suculentos con sus brazos a manera de carnada, los cuales más tarde servirían al carbón en los restaurantes de Pafos. Suspendido en un tiempo de mar, decidí seguirlos a este pueblo decorado con flores y cítricos, verandas con uvas e iglesias entre plantíos de olivos y catacumbas milagrosas, para ser el primero en mordisquear esos tentáculos.

 

Floresta de mosaicos

Pafos es un centro turístico de orígenes fenicios donde templos griegos y acrópolis romanas conviven con fortines medievales y tumbas persas. Los días de playa son tan sólo superados por las noches que se disfrutan paseando y bebiendo en los bares de su malecón, avivado por el cielo estrellado y su amable gente de origen y semblante griego. Pero como aún no caía la noche, decidí visitar su Parque Arqueológico declarado Patrimonio de la Humanidad. Está compuesto por un ágora y una serie de villas romanas de los siglos III al V d.C., nombradas por los temas en los mosaicos que decoran sus pisos. Más de dos mil metros cuadrados conforman la floresta de baldosas que justifican la fama de Pafos como heredera de los maestros de Alejandría. Luego de mirar los jóvenes amantes Pyramos y Thisbe condenados en Babilonia, a Dionisio organizando un bacanal y a Zeus en forma de águila llevando al joven Ganymede al Olimpo para servirle vino a los dioses, decidí culminar mi día brindando en honor de Afrodita y ustedes. Muchas fueron las experiencias en Chipre y el mundo en general, ya serán suyas. Mientras tanto efgaristó, y hasta la próxima.

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