Máquinas del tiempo
Por Alonso Vera Cantú
Hoy hace seis años comenzó este viaje que algunos llamamos Pata de Perro. Un espacio que, desde entonces, pretende incitar las mentes y corazones de quien tiene a bien acompañarme. En sus inicios Plutón aún era considerado un planeta, las torres gemelas seguían en pie, nos conectábamos al Internet con un Modem y el calentamiento global no estaba de moda. El mundo era totalmente diferente.
Al día de hoy nuestro planeta sigue girando, pero estamos más conectados que nunca, con la posibilidad de compartir imágenes y experiencias por medios que jamás imaginamos posibles. Y, aún así, seguimos viajando juntos. Y no tengo palabras para agradecer su gentileza, por imprimirle vida con su lectura a lo que de otra forma serían sólo bytes flotando en un ciberespacio amorfo. Gracias.
Quien no busca encuentra
El verdadero viaje del descubrimiento no es para aquellos que buscan, ni para quienes saben a dónde van. Un viaje simplemente es un viaje. Sin principio, ni fin otro que el de la vida misma. Pero hubieron algunos a quienes no les bastó su período, y optaron por movilizar a todo su pueblo en pos de un tiempo extra, concretando de paso la primera civilización del planeta. Me refiero, claro está, a los faraones egipcios, cuyas tumbas incitan a los viajeros desde tiempos remotos.
Y no se podría hablar del fenómeno piramidal sin mencionar primero al yacimiento de Saqqara y su pirámide de Zóser. Por que lo faraones posteriores a su constructor Zóser I -Keops, Kefrén y Micerinos- se inspiraron en ésta obra que nos remonta 4,600 años en la historia.
Saqqara fue la necrópolis real de Menfis, la capital del Imperio Antiguo, antes de que lo fuese Giza. Y su pirámide principal fue creada para el faraón por Imhotep, su arquitecto favorito, quien en el siglo XXVII a.C. revolucionó su arte erigiendo seis mastabas encimadas dilucidando la primera pirámide del mundo. Una que se muestra envuelta en arena, muy cerca del Nilo y sus sedientos plantíos.
Máquinas del tiempo
100 años después de enterrado Zóser, el valle de Giza se convirtió en la necrópolis real. Saqqara fue abandonada a los caprichos del tiempo y el olvido, a las tormentas de arena y los saqueos. Y no fue sino hasta 1851 cuando el explorador francés Auguste Mariette la redescubriese. Pero era ya muy tarde. El valle de Giza dominaba el imaginario popular, convirtiéndose en un referente obligado que llevamos implícito por el no tan simple hecho de ser humanos.
Por ello no sorprende tanto a primera instancia. Por que quien le llega en vivo lo conoce de antaño. Y toma un largo tiempo apreciar su inigualdad. Ya que inmersos en un circo de vendedores y guías, camellos y mulas, de polvo revuelto con lágrimas y excremento, lo único que atina uno hacer es tomar tantas fotos pueda. Es hasta la siguiente visita cuando, sobre una duna a la distancia, se recrea lo que aconteció dando vida a un escenario inherente a la historia.
Una ligera brisa acarrea el olor de inciensos, llanto y alegría al fallecer el dios-rey. Su cuerpo llega en barcaza desde Menfis, y se coloca en un templo donde los sacerdotes lo preparan para enterrarlo dentro de su pirámide, símbolo de vida eterna. Su cima recubierta por un piramidión bañado en oro capta los primeros rayos del sol, representando el mítico monte primigenio de la creación.
Todo fue planeado a la perfección para su viaje. Los corredores de ventilación señalan importantes constelaciones, las esquinas orientadas al sureste fomentan una diagonal casi perfecta y sus costados se alinean con el norte magnético. El faraón se encuentra ya en su máquina que rompe los límites del tiempo, una que le permitirá elevar su alma para unirse con los “indestructibles”.
Padre del Horror
La más antigua del complejo funerario de Giza es la de Keops, o Khufu; única Maravilla del Mundo Antiguo que permanece en pie. Con sus 146 metros de altura es también la más grande del valle, y fue el edificio más alto del planeta hasta la construcción de la Torre Eiffel en 1889. Está compuesta por cinco millones de bloques de piedra caliza que pesan en conjunto más de 13 millones de toneladas. Más de 20,000 hombres trabajaron día y noche durante 16 años, transportando los bloques por el Nilo para ser tallados con cincel y darles la forma pedida por Emiun. Nadie dijo que una máquina del tiempo es cosa fácil.
Este sitio a las afueras del Cairo resguarda también las pirámides de los faraones Kefrén y Micerinos, así como las pirámides de sus esposas favoritas y las mastabas de su corte para compartir su poder en la muerte tanto como en la vida. En torno está la ciudad de los constructores y, por supuesto, el “guardián de las pirámides”: la Esfinge levantada por Kefrén junto a su mausoleo. Abu `l-Hol o “Padre del Terror” llamaron los árabes a éste cuerpo de león con cabeza humana y barba real que se encuentra en restauración, muy al pesar de los románticos. Una composición estética que, en su conjunto, sólo podría referirse a lo divino. El resto son sólo especulaciones. Muchas fueron las experiencias en Egipto y el mundo general, ya serán suyas. Mientras tanto gracias y hasta la próxima.
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