Pata de Perro Noviembre de 2007

By alonsovera

Sábado de Mercado

Por Alonso Vera Cantú

Fue de mañana cuando conocí a Manuel Yacelga. Un casi típico ecuatoriano de origen quichua, ataviado con su ropaje de algodón blanco, cubierto con su poncho de lana azul marino y un sombrero negro, también de lana, como la larga trenza de cabello reluciente que descendía por su espalda hasta la cadera. Su rostro, un tanto severo, dejaba entrever una sonrisa sincera, proveniente del corazón, y sus manos curtidas por el campo eran un trofeo a su cotidianeidad en evidente relación con la Pacha Mama, que es la dadora y protectora de la vida.

Y es que uno como viajero reconoce de inmediato a quienes serán sus guías en tierras ajenas y, aunque éstos no se sepan como tales, la confianza que deposita en ellos el viajero es correspondida con una bienvenida espléndida y una revelación natural de sus costumbres y tradiciones mantenidas de antaño. Es por eso que son buenos guías, porque no pretenden serlo, sino simplemente lo son.

 

La Plaza de los Ponchos

Para muchos la región central de Ecuador es en sí Ecuador. Compasado por la grandiosidad andina, la zona alberga casi a la mitad de la población de éste pequeño pero sorprendentemente diverso país. Y en ésta gran altitud la vida es definida por las constantes amenazas de los volcanes, y a su vez disfruta la abundancia derivada. Sin embargo, estas montañas son los apéndices de un planeta donde el máximo peligro es quedarse sin aliento ni saliva cuando, luego de un corto pero complicado trayecto en autobús al norte de Quito, se devela con los propios ojos el calidoscopio de poblados indígenas aferrados a lagunas tornasol y bosques nubosos que atesoran fauna y flora endémica, pero sobre todo costumbres y tradiciones que debaten su existencia ante la modernidad.

 

Atraído por la tradición que nos remonta cientos de años en la historia, y que más recientemente se expresa en toda guía turística, opté por llegar a la ciudad de Otavalo el viernes por la tarde, cuando los habitantes de toda la región inician el montaje del que será el mercado más espléndido del país. Anidado en lo alto de un valle rodeado por montañas de picos nevados, Otavalo es un modesto conglomerado de calles empedradas y casonas reconocido como una de las comunidades más prósperas y respetadas de Latinoamérica. Pero desde época precolombina, con la invasión Inca de 1946, hasta la década de los ochentas, luego de vivir una colonia brutal, su gente ha sufrido por mantener la tradición que hoy los reconoce. Por lo que no debe sorprenderle al visitante su recelo.

 

El Lechero

Fue por ello que elegí a Manuel como mi guía, un local que sin pena ni gloria mantiene una tienda de abarrotes frente a la Plaza de los Ponchos, el epicentro del mercado que se desparrama por todas las calles y rancherías cercanas con artesanías y tejidos de renombre internacional, así como verduras, frutas, animales y todo tipo de chuchería de plástico, latón y madera que propios y ajenos pudiesen “necesitar”. Y lo elegí por la dulzura con que me saludó antes de venderme una botella de agua y la forma que estrechó mi mano al despedirse. “Quiero que me muestres tu hogar Manuel”, le dije, y asintió.

 

A la mañana siguiente, con el olor y sentimiento de cruda de una urbe que celebra el término exitoso de un día más de miles de mercado como si fuese el primero, partimos en su camioneta a las afueras. “Te voy a llevar al lechero”, me dijo sin esperar respuesta. Y así fue como ascendimos la colina Rey Loma, en donde despuntaba un árbol solitario con las vistas de los volcanes Imbabura y Cotacachi y la lagunas de San Pablo, rodeado por plantíos de trigo, maíz y bosques de eucalipto; la madera con que construyen sus casas para ahuyentar a las pulgas. En este sitio considerado sagrado, el árbol del que se desconoce su edad es punto de reunión milenario donde se convocan con “la bocina”, una gran trompeta de madera, los consejos con los poblados aledaños, y donde se realizan rituales chamánicos y ofrendas de chicha a la Pacha Mama.

 

Las lágrimas de Imbabura

A la sombra del Lechero Manuel me habló del orgullo indígena en la región, así como de la chicha, que es la bebida de maíz fermentado que se prepara con hasta siete granos diferentes, y de la leyenda de los volcanes frente a nosotros. Me dijo que Imbabura era uno de sus ancestros, quien gustaba de tener varios amoríos, los cuales ponían celosa a la hermosa Cotacachi. Así que ésta le arrojó una piedra que rasgó su corazón, e Imbabura lloró hasta formar la laguna de San Pablo, nuestro siguiente destino, uno que disfrutamos a bordo de un lanchón azul y un cielo tan extrovertido que me hizo pensar en todo menos en irme.

 

A la hora de la comida paseamos por las cascada de Peguche y el poblado de Carabuela, donde me presentó a su amigo José Carlos de la Torre, un maestro tejedor que nos invitó a su minga o casa común familiar a disfrutar una exquisita “fritada”, compuesta por mote (maíz grande), chancho (puerco frito), queso y plátano frito. Y ya cerca del atardecer visitamos Laguna Cuicocha, la “laguna de los dioses” dentro del cráter de un volcán activo con más de 200 metros de profundidad. La laguna muestra tres islotes al centro, donde según Manuel hasta hace poco se solía dejar a los hombres que habían robado o maltratado a sus mujeres, solos, sin comida ni refugio, por hasta una semana para purgar sus males. Y de regreso a Otavalo, al anochecer, me prometió una noche tradicional repleta de conmovedora música andina y fuerte aguardiente que no recuerdo ya más. Muchas fueron las experiencias al centro de Ecuador y el mundo en general, ya serán suyas. Mientras tanto chévere, y hasta la próxima. 

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