Pata de Perro Octubre de 2008

By alonsovera

Viajar es Renacer
Texto y Fotos Alonso Vera Cantú

El día de muertos se acerca, la fecha en que uno, como viajero, se encuentra consigo y sus memorias para recordarse que viajando es como se siente realmente vivo. Y hay destinos que dejan de ser atractivos turísticos para convertirse en reflexión. Esos son los mejores.

Tiene que haber un día en el que pagues todo lo que haz hecho contigo y con tu cuerpo, y te puedes arrepentir. Sentirás ganas de hacerlo, pero ya no tendrá sentido, y sólo quedará el sentimiento, la idea, de mantener la calma y rememorar cada momento memorable para saborearlo una vez más, hasta que al llegar al último recuerdo, justo en ese instante en que el pasado y el presente se funden, sea el momento de tu partida, y penetres dentro del túnel fuera del tiempo y el espacio, y la materia de la que alguna vez fuiste compuesto encuentre una nueva forma, un nuevo cuerpo que ocupar, que repletar y darle vida, y tú, siendo parte del todo, dejes de ser tú, y seas todo.

Un luz tenue penetra las columnas labradas y pisos de mosaicos, dibujando patrones en un suelo carcomido por el tiempo y los flujos de aquellos que dejaron de ser en ese lugar. El aire tunecino, perfumado por el desierto y las montañas revestidas de pastizales. El canto del muecín a la distancia. Las piernas en reposo, luego del largo trayecto que me puso en el estando en donde te reúnes con todos tus seres queridos, todos los que alguna vez fueron, y ahora son sólo memoria, por lo que siguen siendo gracias a ti.

Una vida, un instante, una sonrisa, un vistazo a lo que fue, dándole sentido al momento y haciendo de la eternidad un instante, en un juego que pareciese sin sentido, pero aún así tiene sentido jugarlo, al menos por un beso.

Hoy que me voy lo entiendo, y aunque el miedo y la incertidumbre se apoderan de mí, tan sólo debo recordar lo primero que escribí, sonreír, y volver a comenzar de nuevo hasta el fin. Sin embargo, no me fui, y esto es lo que escribí allí.

Lo que queda es el desierto
No hay dolor como el dolor de la muerte. Aquel que sólo se siente una vez en la vida. Aquel para el que nadie puede prepararnos. Ni nosotros mismos. Por ello, no es conveniente viajar con un hombre muerto en la espalda. Nuestro pasado, nuestros pesares. Y es que nuestro viaje reinicia en el preciso instante de la concepción, cuando en ese soplo -que esperamos haya sido forjado con un orgasmo delicioso- ya estamos inevitablemente destinados a morir de nuevo.

De los cuerpos putrefactos renacen tréboles y flores que alguna vez fueron semillas, y que pertenecieron a un fruto de algo similar a lo que comienzan a ser. De los escombros se levantan civilizaciones abatidas por los tiempos, que en otro momento alcanzaron su cenit y eventualmente hallarán su fin. Y se acrecientan nuevamente, inevitablemente, impetuosamente. Por ello, caminar sobre los escombros de aquellas míticas ciudades romanas del Norte de África como Bulla Regia era una buena forma de celebrar el día de muertos fuera de “casa”.

Aun era de madrugada y el desierto humedecido, bendecido por el alba, daba pauta al rocío -el mentado sereno-, tal vez el símbolo más insigne de éste viaje del renacer, del eterno retorno que nos obliga a deleitar el instante mismo del juego que es la existencia. Y es que la vida del rocío se limita al umbral entre la noche y el día, durante aquel misterioso momento que es sofocado por la excitación del sol. El sereno, como el hombre, muere y renace cíclicamente.

Para la mitología griega el rocío son las lágrimas que vierte Aurora por la muerte de su hijo Memnón en la guerra de Troya, ofrenda fúnebre y símbolo melancólico eterno. Sin embargo, en la tradición judeocristiana nos remite al maná del desierto, “dulce como hojuelas con miel” descrito en el Éxodo 16,13, que dio vida a los decaídos israelitas. Pero tal vez la concepción hinduista y budista, referente a la reencarnación, dé mayor claridad a lo anterior. Y es aquí donde comienza la travesía, de nuevo.

Una nueva luz
El viaje del rocío coquetea con lo abstracto del tiempo e inicia con el despunte de los primeros rayos del sol, cuando se desprende una tímida gota de aquella flor explotando en mil centellas que iluminan hasta el horizonte aún dormido. Su existencia se extingue, o mejor dicho transmuta, al tiempo que recorre los delicados surcos y vellosidades del pétalo blanco que surge de la arena rojiza. Dibuja espirales mientras grita sutilmente por el dolor que pareciera producirle evaporar sus extremidades, y destilarse al punto de ser tan solo su esencia.

Las figuras eternas de ésta ciudad toman forma durante aquel tortuoso lamento que es el amanecer para el rocío, aquel terrible enemigo que es la calidez del sol, ya que se dirige inevitablemente a su defunción, para ser reabsorbida por las ávidas nubes y el hambriento mar de arena donde se levantan los escombros de mármol. Pero su sacrificio no será en vano. Y es que luego, ebrio de luz, rememoro lo acontecido, en donde todos mueren, uno vive, todos viven en aquel que morirá, y volverán a hacerlo, viajando, transformándose en un eslabón más de la magia de la vida. Viajar es morir una y otra vez. Viajar es renacer. Todo bien con Bulla Regia, destruida por un terremoto en la cumbre de su existir. Ya regresaré a tomarle fotografías.

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