
“Dios es un colibrí”
Por Alonso Vera Cantú
“Cada día es el principio y el fin del mundo”, le escuché decir a Jair, mi guía por éstas tierras desoladas, al menos a primera instancia. Caminábamos, a mi parecer, sin rumbo entre las dunas de un desierto remoto, como todos los desiertos. Me imaginé que se refería al sentimiento del viajero que enfrenta la incertidumbre al salir de su zona de confort.
Las estrellas apenas comenzaban a ceder su brillo. Pero no fue sino hasta que el cielo se aclaró que lo entendí. Mi cuerpo sintió la pulsación del alba, y a la distancia los sonidos que sólo las plantas y los animales saben hacer al despertar. “La vasta sinfonía del Bhagavadgita continúa”, murmuró Jair, deteniéndose abruptamente para realizar una caravana ante las primeras manifestaciones del día. El desierto estaba llegando a su fin, y nosotros, a nuestro destino. Pero, de dónde sacó el Bhagavadgita, no lo se.
Tucumán
Debido al nombre de un general que batalló por éstas tierras marginadas, cruce de rutas comerciales en la antigüedad, o al nombre del remedio que un anciano emplea, a manera de brebaje, para curar sus malestares en medio del desierto. No se. No es algo que aprendiese de las guías y referencias mediáticas sobre el Grand Erg Oriental, ésta vasta mancha de arena africana. Ni mucho menos algo de lo que hubiese escuchando antes de estar allí. Pero el nombre del sitio al cual Jair me condujo tras una larga caminata al amparo de la noche es Tucumán.
La fragilidad del manto acuoso, apenas tergiversado por la luz del ocaso, se vió abruptamente interrumpido por la vibración de un objeto volador, aún no identificado. Mis ojos se acostumbran a los primeros rayos del sol. Y como si alguien en verdad tuviese el interruptor, iba subiendo el telón del día escoltado por su avanzada de pájaros e insectos, aventureros de otras noches, desvelados, algo inquietos y expectantes. Allí entendí mejor lo que dijo Jair, aunque el físico se presentaba como una inevitable incomodidad, oblicua, algo absurda, repleta de tabúes y clichés, y que me urgía a levantar campamento para descansar.

El décimo segundo aire
Cuando uno realiza una actividad de manera frecuente, llámese trabajo o lo que sea, suele encontrarse con momentos donde el tiempo nunca es suficiente. Los viajes, para mí, como “trabajo”, sufren de la misma suerte. Y uno siempre sabe que tiene su segundo aire, ese empuje físico y emocional que te permite dar unas horas más para terminar el reporte o llegar a buen puerto. Pero hay ocasiones en las que uno pasa por ese sentimiento de frescura en medio de la nubosidad del sueño más de una segunda ocasión. Yo me encontraba en algo así como en mi décimo segundo aire, y aún no tenía mi tienda de campaña presta para cubrirme de las inclemencias del sol que aún en los oasis otorga. Sin embargo, la belleza del amanecer en éste remoto sitio me hizo optar por no dormir, y caminar por un asentamiento homónimo de una provincia argentina, cuna de su independencia el 9 de julio de 1816, pero del otro lado del mundo. Cuan abstractos son los nombres.
Por la vereda
Seguí aquel modesto riachuelo nacido de las arenas como un milagro. Eso son los oasis a los ojos no sólo del visitante, sino también de quien lo llama su hogar. Al menos eso fue lo que me dijo la estampa del único tendero del lugar, que miraba absorto la corriente, con dulzura, detrás de su improvisado establecimiento repleto de productos caducos; tal vez algún día manjares de un loco visitante como su servidor. Pero no en ésta ocasión. Las lunetas descoloridas y pastillas escarapeladas me causaron mucha menos ilusión que los dátiles y leche de cabra ofrecidos a su lado, aunque por momentos la nostalgia de lo artificial que uno siente cuando se aleja de las tiendas y marcas que conoce me inunde.
“Dios es un colibrí”, me dijo el tendero al acercarme, en un inglés perfecto que no llamó mi atención sino hasta el momento en que observé sus ojos. Eran azules. Su tez, tras de algunos años de sol en el desierto, me recordó aquellas que uno mira en los suburbios londinenses. “Dios es un colibrí…”, repitió sin inmutarse por mi presencia, como si siempre hubiese sabido que lo estaba yo observando, “…welcome to paradise –bienvenido al paraíso-”, concluyó.
Guardé mi cámara. No me atreví a registrar con ese afán periodístico que me caracteriza. No aquel momento. Me permití mirar al colibrí realizar lo que a sus ojos era una danza, y a los míos una fortuna, por la manera en que suelen revolotear casi imperceptibles de flor en flor, sedientos de su cuerpo en néctar para subsistir. Aún aquí, en donde a primera instancia no me parecía existiese flor, o razón para su presencia.
Si los días siguientes fueron de expediciones a camello en busca de ruinas romanas, o las noches se inundaron del candor característico de los habitantes del desierto, me gustaría platicar en la siguiente ocasión, ya que los caracteres, como su tiempo y atención, se terminan. Muchas han sido las aventuras en los desiertos sin patria alrededor del mundo, ya serán suyas. Mientras tanto gracias, y hasta la próxima.
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