
Belgrado
Por Alonso Vera Cantú
Inmerso en la tiniebla de prejuicios que invaden el imaginario colectivo sobre las tierras de la antigua Yugoslavia, el camión hace su arribo a la capital del país que hoy día se conoce como Serbia. La capital de la Yugoslavia de Tito, la misma que fuese ocupada por los otomanos. Ubicado en el punto donde confluyen los ríos Sava y Danubio, una ligera, pero insistente, lluvia me envuelve en un instante.
Mis pies no se doblegan sobre la Península Balcánica, pero hace falta tanto entendimiento que mis pasos se vuelven cortos conforme me adentro a la masa grisácea que tienen como ciudad capital. Los rostros severos no dibujan una sola sonrisa andando en tranvía, camión y carro. Asumo se debe al clima, ya que de la memoria histórica no se más que los supuestos.
Me sorprende entenderme como el único peatón bajo la lluvia y un viento frígido e inclemente que pareciera venir acompañado de nostalgia y uno que otro grito en esa lengua que hablan y recién comienzo a entender como local. Mis pasos me llevan a Belgrado, mi corazón parece estarse quedando atrás.
Penetrando el muro
Belgrado es una de las ciudades más antiguas del mundo, y por supuesto de Europa. Más de 7,000 años de historia, memorias y otras cosas ocupa cada poro de sus rocas, acostumbradas a convertirse en el escenario de algunas de las más cruentas batallas que se tengan registradas por el dominio de aquella región entre dos mundos: la Europa Occidental y la Oriental.
Al terminar de cruzar el puente que permite observar con perspectiva la ciudad, decidí que la mejor ruta sería fluyendo con respecto a las señales que el mismo espacio me fuese otorgando. Y así fue como llegué primero al mercado central.
Cubierto con plataformas que simulaban un pequeño bosque de hongos, una gran variedad de tenderetes se desparramaban entre pasillo humedecidos, en donde frutas y vegetales, así como productos de importación asiática, ofrecían un modesto, pero más que interesante escenario de introducción. De una manera por demás ordenada, fría, impersonal, las transacciones se llevaban a cabo aún bajo la mirada curiosa que sin quererlo expresé. Y no pasó más, pero logré apreciar la diversidad cultural del espacio, los rasgos característicos de sus habitantes y el gusto particular por las cebollas.

Kamelegdan
Dejando atrás el mercado, espacios en donde siempre me he sentido cómodo y bienvenido, entré al fin al circo de la ciudad, donde el flujo natural de gente entre semana me llevó a la deriva por las calles peatonales que engalanan el “distrito de los artistas”.
La magnitud e intricada decoración de las fachas. Las rasgos finos y ojos claros de sus habitantes. La lluvia tupida de pronto cesó. No necesariamente salió el sol, pero por un momento me pareció que lo hacía, al menos emocionalmente. Y entonces comenzó la exploración, para lo cual no hay nada mejor que preguntar por recomendaciones al azar.
La primera me llevó a tan sólo unas cuadras del museo nacional, en donde se resguarda gran parte de los vestigios de la trayectoria que viviese la nación con la presencia de celtas y romanos, en su vida como principado y como reino autónomo, y más tarde el siglo entero que viviese como parte de Yugoslavia. Y el destino fue un jardín de estatuas que celebran a las figuras del comunismo, pero ya sin estatuas. Así que continué por las elegantes avenidas con rumbo a la siguiente recomendación: el fuerte.

Ajedrez a media semana
La plaza de los estudiantes, la catedral y la casa de la princesa fueron sin duda paradas obligadas con rumbo a la península que defiende éste imponente fuerte demacrado. El interior del corazón sacro de la ciudad resguarda frescos, óleos y estatuas de metales finos con incrustaciones de joyas preciosas que le han sobrevivido “milagrosamente”, como me comentó el encargado del lugar. Y aunque no pude observar por dentro la casa de la princesa, me bastó con admirar su jardín y arquitectura que me recordó a los elfos.
Y al fin llegué al mentado fuerte, atravesando un parque sin fin, ni hojas, en donde nostálgicos vendedores ofrecían al transeúnte gorras, insignias y otros objetos de colección que allí nadie parecía querer coleccionar en memoria e la cortina de hierro. Y es que, aún cuando la belleza del lugar y de su gente sublima los sentidos, no había otro turista a la vista más que yo.
Dentro de las murallas de ladrillo rojizo quedaban sólo los restos del cuartel general, y un museo que recuenta una historia lúgubre. Sin embargo, las parejas besándose en cada banca, los adultos mayores jugando al ajedrez un martes al medio día y la siempre presente vista del Danubio, me invitaron a tomar un café para terminar de entender que no entendía nada. Tanto extrañaba ese sentimiento, que ahora Belgrado es, sin duda, uno de mis destinos favoritos.
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