Pata de Perro Marzo 2009

By alonsovera

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Liubliana

La Amada

Por Alonso Vera Cantú

 

Llegué a la capital de Eslovenia por la razón más extraña que me haya llevado a ningún rincón del mundo: siguiendo a una de las bandas de música pop más importantes de México. RBD. De por qué alguien acostumbrado a viajar en soledad se encontró en dicha situación lo dejaremos para otra ocasión. Y es que la posibilidad de descubrir un destino como éste acompañado por un fenómeno social sin precedentes me otorgó una experiencia por demás singular.

 

Canción de cuna

El centro de la vida eslovena desde 1991, año en la que se tornó una nación independiente, es la confluencia de la vida eslava, latina y alemana. Conocida como Luba, o “La Amada” en la lengua eslava, en sus inicios éste cuento de hadas hecho ciudad no era más que unos pilotes de madera sobre marismas, similar al estilo de desarrollo que viviese Venecia.

 

Con sus calles adornadas por canales y las más bellas edificaciones que yo hay observado en los Balcanes, Liubliana es tan grata como pronunciar su nombre. Una gran cantidad de tenderetes donde se preparan y venden alimentos como nueces y frutos secos, salchichas y estofados, enriquecen la experiencia aún cuando el clima es nublado y las probabilidades de lluvia son tantas como las de que quiera yo regresar allí.

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La gente pasea a pie y en bicicleta, con el castillo de la ciudad mirando el acontecer desde lo alto de la colina que sirve como antesala de los Alpes de Kamnik. Cafeterías y tiendas varias, el sonar de las campanas de sus iglesias y los adornos de una ciudad lista para bien venir al año nuevo 2009 con marcos de focos iluminados en forma de espermatozoides. Símbolo de prosperidad. Aunque si de símbolo ésta hecha ésta ciudad el dragón debe de ser mencionado. Y con sólo transitar por el puente de los dragones que une uno y otro lado de la ciudad se entiende que uno, por fortuna, ha llegado a Liubliana.

 

Con los rebeldes de Eslovenia

Al regresar a “casa” para celebrar las fiestas decembrinas con la familia fue cuando me enteré que la mitad de mis tías habían sufrido un conato de infarto al enterarse que “Alonsito se había ido con los rebeldes a Eslovenia”. Entiendo lo preocupante que algo así puede resultar si se conserva, como casi todos nosotros, una imagen equívoca de los Balcanes por concepto de los medios.

 

Vale la pena mencionar que, aún así, los rebeldes con los que me encontraba no eran ni más ni menos que un grupo de música reverenciado por la juventud local. Al grado de que un buen porcentaje de sus estudiantes optan por aprender a hablar castellano para poder disfrutar con mayor plenitud sus canciones, sus novelas y sus conciertos. Motivo, cabe mencionar, por el cual yo me encontraba con ellos. Y no es que tenga algún talento en lo absoluto, sino una entrañable amistad con la familia RBD.

 

Apreciaciones de un destino

Si bien un viajero tiene pocas probabilidades de acertar con respecto a las particularidades de un destino, tiene sólo como arma su propia apreciación en un tiempo y momento determinado. ¡Cuando factores! cuando lo único que hace falta es sentarse en una plaza a respirar la cotidianeidad de un lugar, mirando con el cristal que mejor se entienda. Y cuando al fin las distancias y tipos de conversaciones, el parámetro básico de valores y el poco o mucho contexto histórico que uno pueda llegar a tener a través de intermediarios parecen tomar forma, es momento de interactuar.

 

Sin embargo, querer salir a pasear acompañado por un fenómeno mediático que influye hasta en el color de tinte que usan sus niñas más lindas, o el corte de cabello que frecuentan los jóvenes galanes, no resulta cosa fácil. Y contrastando mi realidad de viajero desconocido frente a la realidad de un viajero figura pública, sólo me queda compartir que en Liubliana y sus restaurantes de comida autóctona a orillas de los remanentes de una marisma y con todo el folclore característico de la cultura eslava entendí que los viajes son uno y mil con cada individuo que deja sus huellas en una tierra ajena a la que se conoce como propia.

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El remate

Es tan sólo que un emotivo concierto es la dosis más sana de globalización. Jóvenes de todas las edades en una nación culturalmente distante, blandiendo los mismos colores, uniendo sus voces hasta el desmayo en una lengua foránea, apreciando cada detalle del cuerpo de aquellos que bailan y canta con furia, con una pasión casi desenfrenada, símbolo no sólo de oficio sino de placer, que uno puede compartir la experiencia.

 

El honor de haber sido partícipe de éste, y los viajes que le siguieron hasta el último momento en que se consideraban unidos, aún sin terminar de entender la ola generada a nivel internacional me es muy grato. Y espero, con éstas humildes líneas, compartir la ilusión que me hace volver a Liubliana por más. Una ciudad de tan sólo unas horas. Como un encuentro fugaz que no pronto se olvida.

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